6 de julio de 2011

Tabique de Aquiles.

Creo que descubrí un puntito más de este asunto del esqueme referencial personal. Perdí completamente la capacidad de jugar. Seducir, seducción. Eso. Antes me encantaba seducir, jugar.

Saberte ahí, esperando por mi movimiento, expectante. Esperando que te haga cucharita mientras estamos descansando, esperando que te clave los ojos o que te diga lo bien que estás. Me gustaba saberte mirándome el bulto de lejos. Me gusta jugar con ese poder, dártelo, quedármelo, que me lo arrebates, violártelo.

Ahora estoy más blando. Atravezable y sin resistencia. Esto ocurre no porque haya una pérdida de la fuerza de operancia, en lo absoluto. Sino por el contrario, que hay más bien una permeabilidad tan pulcra que parece funesta.  Se trata de una especie de adicción a la sinceridad. Su nivel de profundidad es tal, que esa seducción a veces se pierde frente a lo transparente del deseo. 

Todo se torna grotesto, Kafkeano, realmente. A pesar de todo este escarmiento, sé que solo se trata de encontrar esa cómplice, esa dupla apta a la profanación de la fantasía. Nada más que el mutuo cosquilleo a la sutil perversión.

10 de junio de 2011

Fanatismo moderno.

"Muy a menudo me invade la siguiente pregunta: ¿Qué me resulta más desagradable? ¿Un descerebrado típico, que llena el silencio de su cabeza con horas y horas de televisión compulsiva, o el idiota que (además de criticar al primero) lee dos libros roñosos y los vuelve el manifiesto y piedra Rosetta de todo su pensamiento y discurso? ¿Acaso un fanático que le grita su amor a Ricky Martin es más patético que uno capaz de lamer el último inodoro donde cagó Cortázar?

Lo que fuma cerebros no es la tele, ni la música funcional, ni ir de compras o jugar videojuegos; lo que marchita neuronas es la mímica repugnante que hace al humano descender al mismo escalón evolutivo que un loro: la falta de ideas propias."